La reciente reunión de cuatro presidentes sudamericanos con el presidente del gobierno de España, celebrada en Santiago de Chile, es una de las manifestaciones más vacías y absurdas de la política de nuestros tiempos. Merece, por consiguiente, las líneas que se leerán de seguidas.
En primer lugar, conviene detenerse en el hecho de que los mandatarios se hayan exhibido como la representación de una tendencia incontaminada, paradigma de la pureza política, de la cual no solo depende la salvación del continente meridional sino también del resto del universo. Estamos ante una pretensión vana, debido a que tal tipo de presentaciones es un autorretrato, y ese tipo de creaciones solo funciona en el ámbito de las artes plásticas. No solo por el cuidado que el espectador debe tener frente a semejante tipo de muestras evidentemente tendenciosas, hechas por los interesados en la divulgación de imágenes positivas, sino también por la diferencia que existe entre los autorretratados de Santiago de Chile.
Nadie duda de las distancias que separan la actividad actual y la historia política de personajes como Boric y Petro, por ejemplo, tan separados en su pasado como en su desenvolvimiento de nuestros días. Meterlos en el mismo saco resulta caprichoso, y más todavía cuando son ellos los que espontáneamente forman parte del contenido. No existe la posibilidad de la sinonimia entre un individuo tan equilibrado como el inquilino de la Moneda y el que pernocta en la casa de Nariño, por ejemplo. Uno es la prudencia y el otro el desequilibrio, uno demuestra apego a las reglas del juego y el otro solo atiende los consejos del ego. De tal comparación, debido a que tal vez sea ahora suficiente para desconfiar de la homogeneidad de quienes se presentan como salvadores de una parte del mundo, se multiplica la desconfianza al pontificado izquierdoso que ahora nos ofrecen.
Igualmente pueden observarse las distancias que existen entre los intereses del poderoso Brasil y el modesto Uruguay, para no dejarse burlar por quienes se unen para redactarnos recetas de salvación. Y todo esto sin considerar la extrañeza que pica y se extiende cuando vemos que el presidente del gobierno español se junta al cenáculo de predicadores. No solo por la dificultad que representa la alternativa de juntar la lejanía de los intereses que él trae en el maletín, sino también porque se ha bajado del avión con una carga de acusaciones, o de sospechas difíciles de disipar, en materia de corrupción, improvisación y pragmatismo vulgar. No es un detalle menor, debido a que él y sus compañeros de escena se han dedicado a llamar la atención sobre el horror que significa, en cada uno de sus territorios y en todo el universo, el acceso de las derechas al poder.
Aparte de las suspicacias que el cuarteto ofrece después de un simple vistazo, está el hecho de promover la maldad de quienes se les oponen en cada uno de sus países y en otros territorios del globo terráqueo. Se presentan como ejemplos de bondad y rectitud por el hecho de ser de izquierdas, mientras muestran a los de la otra orilla, es decir, a los de la derecha, como los adelantados del mal propiamente dicho. La verdad es que uno puede caer en la tentación de apoyarlos por el simple recuerdo de figuras como Trump, Milei, Bolsonaro y Abascal, tan groseros en su ideario y tan gigantescos en sus despropósitos cotidianos que solo merecen sanitaria lejanía para evitar contagios mortales. Pero eso es lo que el cuarteto pretende con una superficial analogía en cuyo contenido meten a todas las masas que apoyan a los marcados con hierro candente como Belcebúes, a los señalados a la fuerza como adelantados de una peste apocalíptica, y es justamente allí donde aparece de bulto lo absurdo y lo superficial y lo manipulador de su pretensión.
Todo lo simplifican y lo uniforman, como si se dirigieran a niños de kínder. En eso no se diferencian de Trump, dicho sea de paso. Todo lo cuadriculan en catálogos hechos a su medida, aunque en el figurín venga la estampa ya vulgar y maltrecha de Pedro Sánchez. Se atreven a cualquier tipo de esbozo panorámico para acrecentar la clientela de su modelo sin tacha, como si los pormenores de trascendencia no existieran ni fueran importantes de veras. Se exhiben como patronos exclusivos de un santoral omnímodo para que sus rivales de derecha sean considerados como portavoces de una peste de la cual deben alejarse los simples mortales, los tontos del auditorio. ¿Para qué? Para salvar la vida civilizada, o la pureza moral, nada menos.
Pero a los mejores cazadores se les va la liebre, por muy facultos que hayan sido en el pasado y pese a su historial de expertos pescadores. Nuestros modernos inquisidores del púlpito de la izquierda olvidaron en su requisitoria los casos prominentes de Maduro en Venezuela, del matrimonio Ortega en Nicaragua y de los herederos del castrismo cubano, a quienes no tocan ni con el pétalo de una rosa y quienes son la negación de la cohabitación republicana y de las virtudes públicas para las cuales inauguraron una flamante cruzada en Santiago de Chile. Una cruzada tan olvidadiza no va a ninguna parte.