En la aldea
06 abril 2025

Tres razones para votar en mayo (según la oposición que no se opone)

Mientras unos arriesgan su libertad por denunciar al poder, otros pactan curules y gobernaciones para "reconocer" el fraude. La represión selectiva también sirve para despejarles el camino a los dóciles.

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Luis Carlos Díaz | 05 abril 2025

La estrategia detrás de participar en la cita electoral de mayo —por parte de la oposición que no se opone— obedece a tres líneas de acción que explican su decisión de concurrir a un evento político que todavía no puede llamarse elección. Estas son sus razones:

1. Desplazar a la oposición que ganó el 28J

El primer objetivo es desplazar a la oposición que le ganó al chavismo el 28 de julio, descalificándola como radical, polarizada, no dialogante y, por lo tanto, como “un obstáculo para la paz”. Este desplazamiento no se intenta ante la base de apoyo popular —donde el rechazo a estos actores es significativo— sino ante los centros de poder: la comunidad internacional y los financistas.

Esta estrategia requiere neutralizar a la oposición que ha desafiado al poder, recurriendo a la persecución política, desapariciones, incomunicación, torturas, negación del derecho a la defensa, entre otras violaciones. Por eso, espacios políticos de articulación opositora están dejando de ser seguros: la delación ante los socios del aparato represivo se usa para sacar del medio a las personas incómodas.

Mientras tanto, la oposición que no se opone no corre riesgos de seguridad, no teme represalias ni lidia con crímenes de lesa humanidad. De hecho, los niega. Los presos políticos también son utilizados como rehenes por estos sectores, ya sea como parte de campañas políticas o como moneda de lealtad ante el poder, a cambio de liberaciones selectivas. Ya ha pasado antes y es cruel.

2. Mantener migajas de poder para maquillar la dictadura

El segundo objetivo es mantener algunas migajas de poder que permitan al chavismo fingir una mínima apertura, con interlocutores legitimados y una apariencia de pluralidad en un entorno profundamente autoritario y no competitivo. El camino para ello es fracturar lo más posible a las fuerzas democráticas, atrayendo a algunos de sus actores a negociar beneficios reducidos y enfocados en intereses personales o partidarios.

Todo indica que ya hay curules negociadas en el parlamento con la oposición a la medida del chavismo. Por eso, ciertas figuras buscarán puestos preferenciales en los votos lista para garantizar su silla. Además, viendo que el chavismo optó por figuras menores (“bagres políticos”) en algunos estados, es evidente que alguna gobernación ya está pactada como incentivo para que estas facciones reconozcan a Amoroso, blanqueen el fraude del 28J y repitan el mantra de “mantener espacios”, aunque estén vaciados de competencias y autonomía.

Participan en esta coreografía electoral desconociendo la mayoría de los aspectos técnicos y del cronograma, e incluso sin poder garantizar testigos —algo que criticaron duramente el año pasado sin aportar soluciones—. No lo hacen por ingenuidad ni por valentía, sino porque irán a ocupar los espacios diseñados por el chavismo. No porque los mueva un ánimo democrático, sino porque la oferta del disimulo es seductora.

3. Servir a los financistas y maquillar la dictadura

Tanto el desplazamiento político como la ocupación de cargos en la burocracia de la dictadura, sin desafiar al poder ni garantizar derechos, tienen como objetivo servir a los financistas de la campaña. Para ellos han sido varios discursos.

Por un lado, están los capitales que prefieren una oposición domesticada, que renuncie a la libertad —incluso la económica— al aceptar reglas que perpetúan el rentismo y el control autoritario del mercado. Por otro, están los lobbies petroleros, los bonistas y el propio chavismo, urgido de impunidad, que necesitan voces que hablen de normalizar la dictadura, desmontar presiones internacionales, eliminar sanciones (generales e individuales) y sacar a Venezuela del radar internacional. Buscan transformar la crisis en una más entre muchas, olvidada en un nuevo orden completamente iliberal, rentista e indiferente a la corrupción y las economías ilícitas.

Una narrativa simplona y desconectada

Claro, en términos narrativos, nada de esto se dice. Lo que se promueve es un discurso simplón, basado en mantras como “si votamos, ganamos”, “no vamos a perder espacios” y un rechazo a la supuesta “paralización”. Todo eso ignora la agenda de exigencias que durante años ha movilizado a la ciudadanía ante las injusticias cotidianas.

En la narrativa de este grupo hay más mansedumbre y acomodo que crítica al poder. Atacan más a la oposición que ganó el 28J que al chavismo, porque su pacto niega la realidad, las deudas pendientes, los derechos violados y las garantías electorales. Hoy esas garantías les parecen accesorias porque ya acordaron que no van a competir, sino a participar en una puesta en escena.

Este no es un debate entre abstencionistas “trancados” y votantes por resignación. Se trata de si cada acción —votar o no— forma parte de una estrategia para facilitarle la vida a los represores o para resistir y hacer más costosa su permanencia en el poder.

Ahí es donde el relato de la oposición que no se opone no se sostiene: se llama a participar censurando las críticas y despreciando a quienes reivindican una victoria robada. Esa oposición demuestra que desea librarse de quienes desafían al poder tanto como el propio poder.

El rechazo es su límite

El problema que enfrentan es que la confianza no se decreta. El rechazo que generan es su propio límite ante la opinión pública. Las malas reputaciones no se maquillan tan fácilmente. Y su desconexión con la realidad es evidente: están conectados a las necesidades discursivas de sus financistas y sus amigos los carceleros, no a las necesidades de la población.

Ahí es donde la oposición que no se opone falla: en que solo está cumpliendo un rol. Y ya se le ven los hilos.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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