La OEA alertó sobre la variación en las cifras del Tribunal Supremo Electoral de Bolivia, pero la reelección era el único objetivo. Las consultas populares celebradas por el camino sólo fueron la excusa para darle un barniz democrático al reelecto Evo Morales, para quien 14 años en el poder es poco tiempo. “Futuro seguro” fue su consigna electoral que asomaba el trasfondo de su interés: Su perpetuación en el poder.
El conteo de votos del Tribunal Supremo Electoral de Bolivia se detuvo el domingo cuando se llevaba 83% de los escrutinios. Lo hizo cuando marcaba un claro 45,28% de los votos a favor de Evo Morales (del Movimiento al Socialismo) y 38,16% de Carlos Mesa (de Comunidad Ciudadana). La tendencia era clara hasta que Evo Morales dijo lo contrario y todo el proceso entró en fase de silencio. Tiempo de dudas, de cuadres y de sombras. Ese tiempo en el que se desdibuja el espíritu democrático de cualquier consulta pública.
El domingo 20 de octubre en la noche quedaba en evidencia que Morales había logrado liderar la primera vuelta, pero sin la contundencia del pasado ni el triunfalismo que lo ha signado desde 2005 cuando llegó al poder. De hecho, todo indicaba que tendría que ir a una segunda vuelta a medirse con Mesa, algo que no sucedía en Bolivia desde hace más de 35 años.
Los votos obtenidos no le daban un triunfo definitivo, ya que para ganar en primera vuelta es necesario sacar 50% de los votos o 40%, pero con diferencia de 10 puntos sobre el contendor más cercano. Y así, con el registro de votos mostrando una tendencia, Evo Morales le habló al mundo para asegurar “ganamos una vez más, cuarta elección consecutiva en Bolivia. Es inédito”.
Había que “esperar hasta el último escrutinio del voto nacional para seguir y continuar con nuestro proceso de cambio”, según dijo. Bolivia entró entonces en fase de espera. El contador de votos quedó paralizado. La opción de una segunda vuelta era altamente inconveniente para Morales.
Los resultados preliminares evidenciaban una profunda polarización que comenzó con la decisión de Evo Morales de desconocer los resultados de una consulta popular de 2016 que rechazó su propuesta de reelección indefinida, siguiendo los pasos de la llamada revolución bolivariana de Hugo Chávez. Sin importar la negativa popular, Morales encontró una vía a través de sus instituciones para lanzar su candidatura para una cuarta reelección. Este hecho le ha pesado en contra desde entonces y acentuó las divisiones en el país, incluso entre sus propias filas.
“La opción de una segunda vuelta era altamente inconveniente para Evo Morales”
La debilidad era palpable. La oposición podría -pese a sus severas diferencias- reunificarse para hacerle frente en la segunda vuelta. El capital político de Chi Hyun Chung de PDC (que sacó 8,7% de los votos preliminares) y el de Óscar Ortiz de 21F (4,41%) sumados al de Mesa podrían significar un revés para Morales en una eventual segunda vuelta.
Le restaba jugar a la desunión de la oposición en una campaña cuesta arriba de cara a una segunda vuelta el 15 de diciembre, o hacer valer su posición de poder.
Un día más tarde los resultados de la elección apuntaban en otra dirección. Morales sumó 46,7% de los votos y Mesa 37,07%. Se cumple así la diferencia de diez puntos que pone fin a la idea de una segunda vuelta.
La Organización de los Estados Americanos (OEA) alertó sobre esta variación en las cifras del Tribunal Supremo Electoral de Bolivia, por tratarse de datos “con un cambio inexplicable de tendencia que modifica drásticamente el destino de la elección y genera pérdida de confianza en el proceso electoral”.
La reelección era el único objetivo. Las consultas populares celebradas por el camino sólo fueron la excusa para darle un barniz democrático al reelecto, para quien 14 años en el poder es poco tiempo. “Futuro seguro” fue su consigna electoral que asomaba el trasfondo de su interés: Su perpetuación en el poder.
